Una de las respuestas más inmediatas al contacto con el agua fría es el aumento de la noradrenalina, una hormona que activa la mente y el cuerpo. Sin embargo, una vez que la exposición termina, el sistema nervioso entra en un estado de equilibrio profundo. Este proceso, conocido como “respuesta parasimpática”, induce calma, disminuye el ritmo cardíaco y favorece la relajación.
Investigadores de la Universidad de Portsmouth (2020) observaron que las personas que practican inmersiones regulares en agua fría presentan niveles más bajos de cortisol (la principal hormona del estrés) y reportan una mejor calidad del sueño. También mostraron una mejora en su estado de ánimo general, lo que sugiere que el frío puede actuar como una forma de reequilibrio emocional.
Este efecto tiene sentido desde un punto de vista biológico. El cuerpo interpreta el frío como un desafío controlado, y al superarlo, reajusta sus sistemas internos. Por eso, después de una inmersión, no solo te sientes más tranquilo, sino también más centrado. Es un reinicio natural tanto físico como mental.